Una reflexión después de mirar el cielo y leer a Rilke.

Ayer mientras divagaba en redes miré una publicación que decía algo así como: no le solemos prestar mucha atención a las nubes. Y en mi sobrepensar cotidiano me quedó rondando esa idea de que no solemos mirar de manera cotidiana o común hacia el cielo.
No porque no esté ahí, sino porque casi nunca creemos que valga la pena. Caminamos bajo él como si fuera un fondo fijo, una superficie indiferente que no exige respuesta. Solo en los atardeceres, o en eventos especiales (cuando el cielo se vuelve espectáculo) levantamos la cabeza, como si necesitáramos una excusa estética para concederle atención. Pero en lo cotidiano, en la luz clara y fuerte del mediodía o en la monotonía de una mañana cualquiera, el cielo pasa desapercibido. Y quizá no sea distracción lo que nos impide mirarlo, sino algo más incómodo: la sensación de que no estamos hechos para esa amplitud.
Mirar el cielo implica aceptar la desproporción. Su extensión no nos confirma, nos relativiza. Frente a él, todo lo que creemos urgente se vuelve frágil, y tal vez por eso preferimos mantener la vista baja, ocuparla en lo inmediato, en lo que se puede controlar, en lo que responde. Algo similar ocurre con lo interior.
Hablamos con facilidad de mundo interior, de profundidad, de alma incluso, pero rara vez nos atrevemos a mirarla con la misma atención que exigimos al exterior. No porque no exista, sino porque sospechamos que no estamos capacitados para sostener lo que podríamos encontrar allí. Como si el cielo interior requiriera una estatura que sentimos haber perdido.
Rilke intuía esto con claridad: el problema no es que el cielo esté demasiado alto, sino que nuestro interior se ha vuelto demasiado estrecho. No vemos porque no tenemos espacio. No alzamos la mirada porque ya no confiamos en nuestra capacidad de albergar lo vasto sin huir.
El cielo, entonces, no es solo una cuestión de dirección (arriba o adentro), sino de disposición. Exige una forma de atención que no busca dominar, sino permanecer. Y permanecer es difícil en un tiempo que nos ha entrenado para la fuga constante.
Quizá por eso solo miramos el cielo cuando se vuelve bello. La belleza funciona como permiso: nos autoriza a detenernos sin sentir culpa. Pero el cielo no es siempre bello. A veces es opaco, indiferente, silencioso. Como el interior. Y tal vez sea ahí donde verdaderamente comienza la experiencia: cuando no hay recompensa inmediata, cuando mirar no produce alivio, sino exposición, fragilidad.
No mirar el cielo es una forma de protección. No mirar hacia adentro, también.
Ambos gestos comparten un mismo temor: el de descubrir que somos más amplios (y más solos) de lo que estamos dispuestos a admitir. Que hay en nosotros una extensión que no se deja reducir a palabras rápidas ni a respuestas claras.
Tal vez el acto más radical hoy no sea creer, ni comprender, ni producir sentido, sino algo más simple y más exigente: alzar la mirada sin garantías. Aceptar que ver el cielo (afuera o adentro) no nos hará mejores, pero sí más verdaderos.
Y eso, a veces, es suficiente.